Avanzada brasileña Se trata de Chiquita Brands, por cuyas acciones muchas naciones recibieron el triste mote de «país bananero».

safe_image

Todo un símbolo de los tiempos que corren: la empresa icónica del más rancio colonialismo practicado durante décadas por los Estados Unidos, responsable de que muchas naciones de América Latina recibieran el triste mote de «país bananero», será manejada ahora por capitales de Brasil. Se trata de «Chiquita», que fue adquirida por el grupo brasileño Cutrale-Safra.

Chiquita Brands International fue fundada en 1871 por el empresario de ferrocarriles estadounidense Henry Meiggs. Se llamaba entoncesUnited Fruit Company y tenía su cuartel central en Charlotte, en Carolina del Norte. Al poco tiempo se convirtió en la mayor compañía bananera del mundo y llegó a controlar un tercio del comercio mundial. En el 2000 perdió ese primer lugar a manos de otra gigante, Dole Foods. Pero su nombre quedó escrito con tinta indeleble en la historia de los países latinoamericanos donde puso un pie: Honduras, Panamá, Costa Rica, Guatemala, Ecuador, Colombia, Nicaragua y México.

A lo largo de su historia, Chiquita construyó una notable mala reputación en los países latinoamericanos. Por cierto, recién a principios de este milenio la compañía aceptó negociar una suerte de convenio colectivo con los sindicatos bananeros y aceptó cumplir con un «marco internacional sobre estándares mínimos de trabajo y derechos sindicales».

Hasta ese momento, los jalones de la historia de la mayor bananera del mundo eran vergonzosos. Por ejemplo, en 1928, cuando miles de trabajadores de la compañía fueron asesinados en Colombia por fuerzas militares, luego de que protestaran por las malas condiciones de trabajo. O en 1975, cuando una investigación de la SEC (Securities and Exchange Comission) reveló que Chiquita había pagado coimas al presidente hondureño Oswaldo López Arellano, en un escándalo bautizado como «Bananagate». Desde los ochenta, además, la empresa mantiene un duro enfrentamiento con la Unión Europea (UE), que la considera culpable por «abuso de posición dominante» en los mercados internacionales del plátano.

Hasta a la Argentina llegaron los ecos de sus malas acciones. En 1948 se supo que el ex embajador estadounidense en el país, Spruille Braden, un símbolo del primer antiperonismo, percibió un sueldo como lobbista de la compañía en América Central.

Tan larga historia tendrá, más de cien años después, un final inesperado. Ayer se supo en San Pablo que el consorcio brasileño Cutrale-Safra había logrado comprar Chiquita por 1.300 millones de dólares, luego de una batalla por el control de la compañía que duró casi tres meses. Orgullosa, al fin y al cabo, la estadounidense había rechazado tres intentos previos de adquisición y hasta intentó fusionarse con su rival, Fyffes Plc, para evitar caer en manos de los brasileños.

La adquisición de Chiquita es una victoria para el banquero brasileño-libanés Joseph Safra y el magnate de los jugos de naranja José Luis Cutrale, quienes unieron fuerzas para sumar la bananera a su negocio de frutas y soja. Desde que ambos dejaron saber que iban por Chiquita, el 11 de agosto, las acciones de la compañía subieron un 40%. Esto fue lo que convenció a los inversores de desautorizar al presidente de la platanera, Kerrii Anderson, que resistió hasta último momento esta nueva avanzada de Brasil en un negocio que mueve 7.000 millones de dólares anuales.